No existen soluciones fáciles: el antiintelectualismo en la era del populismo

Luis Olea Camacho

Luis Olea Camacho

Director General de la Escuela Estatal de Cuadros at Instituto de Formación Política "Jesús Reyes Heroles" filial Guerrero
Joven político mexicano. Con 23 años, estudió la Licenciatura en Derecho, en Ciencias Sociales y en Ciencias Políticas y Administración Pública, así como una Maestría en Derechos Humanos y Garantías en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Ha participado en diversos foros internacionales de juventud como el III Encuentro Internacional de Juventud y la Asamblea Juvenil de Naciones Unidas
Luis Olea Camacho

Vivimos en una era donde impera el antiintelectualismo. Isaac Asimov definió esta tendencia en 1980 como el “culto a la ignorancia”.  Basado en la falsa premisa de que en la democracia “mi ignorancia vale lo mismo que tu conocimiento”, el antiintelectualismo significa la hostilidad y desconfianza hacia el intelecto o lo técnico, viéndose reflejado en distintas áreas como la filosofía, la educación, el arte y la política. En este último campo, el antiintelectualismo ha ganado terreno en los últimos años con la llegada de líderes populistas alrededor del mundo.

Ante un mundo que en la era globalizada se ha visto gobernado por los expertos representados por tecnócratas, organismos internacionales y los opinólogos con alto grado de preparación; la creciente ansiedad referente al futuro, generada por un decrecimiento de las expectativas económicas de los individuos (los millenials serán la primera generación que tengan menor nivel de movilidad social con relación a sus progenitores), ha ocasionado que en el imaginario colectivo sea necesario un cambio de rumbo.

Lo anterior, sumado a problemas crecientes en los Estados como la corrupción y la migración, ha sido la causa del recurrente uso de frases como que “los expertos, al ser un grupo elitista, no toman en cuenta las condiciones de la gente promedio”, que “las políticas de los expertos sólo pretenden dañar al pueblo” o en su defecto “que los expertos sólo intentan complicar problemas que pueden ser resueltos fácilmente”. Esto ha dado pauta a que los expertos sean desprestigiados al ser tachados como “fifís” o “mafia del poder”, excluyéndolos del “pueblo” y siendo tachados de “traidores” o “falsos americanos”.

Lamentablemente este discurso encumbró a populistas que, no sólo han propagado la hostilidad contra los expertos, también han llevado al antiintelectualismo a la agenda de gobierno ya que muchas de sus propuestas de campaña no fueron realizadas con estudios de factibilidad, simplemente fueron improvisaciones que parecieran ser soluciones sencillas. Hoy, tiempo en que estos candidatos ya gobiernan, pretenden mantener su palabra para no perder su legitimidad, sin importar las consecuencias que tengan sus acciones gubernamentales.

De esta manera, se puede observar el caso de Donald Trump con el muro fronterizo. En Estados Unidos un problema que ha existido a lo largo de los últimos años es la migración. Con la llegada de migrantes de diversos países de América Latina a través de la frontera mexicana, la idea de que los migrantes les están “robando las oportunidades a los verdaderos estadounidenses” se ha propagado en muchas regiones del país del norte. Ante este fenómeno, Donald Trump prometió construir un muro en la frontera para evitar que los migrantes lleguen del sur.

Durante su campaña, Trump no se cansó en decir que el muro era la solución para que los mexicanos “violadores y asesinos” no cruzaran a suelo estadounidense. La realidad es que el muro sólo representaría un obstáculo físico para los migrantes que, históricamente, han logrado evadir este tipo medidas como la valla que existe en algunas zonas de la frontera y las policías fronterizas. Una posible solución sería la regulación de la situación de los migrantes en Estados Unidos (principalmente los “dreamers”) y la cooperación bilateral con México para combatir esta situación. En cambio, el empecinamiento de Trump por el muro ha ocasionado tensiones con uno de sus principales aliados (México), el cierre de gobierno más largo en la historia del país (34 días) en el que los trabajadores del gobierno federal (800,000 considerados necesarios) no recibieron remuneración alguna aparte de costarle 1,200 millones de dólares al gobierno estadounidense y el aumento en la polarización interna del país.

México, al igual que Estados Unidos, peca de tener a un gobernante populista cuyas acciones parecieran soluciones sencillas que han traído consecuencias negativas al país, ejemplo claro es la cancelación del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México. Bajo el argumento de que en los contratos del nuevo aeropuerto existía corrupción, López Obrador organizó una consulta ciudadana para determinar si el proyecto debía de continuar. En un proceso plagado de irregularidades (la consulta la organizó el partido del entonces Presidente electo y no el Instituto Nacional Electoral como marca la ley, no existía un padrón electoral, los individuos podíamos votar más de una vez, no había método para verificar los resultados, no se podía impugnar y existieron varias evidencias donde los funcionarios de casilla rellenaban las urnas) que no otorgaban certeza al ejercicio electoral, la opción de cancelar el nuevo aeropuerto ganó.

En lugar de verificar los contratos, cancelando aquellos plagados de corrupción y actuando jurídicamente contra los responsables, el Presidente simuló una consulta que tomó una decisión que ha traído consecuencias negativas al país. El aumento del precio del dólar, el desplome de la Bolsa Mexicana de Valores a su peor momento en más de una década, la pérdida de aproximadamente 200 mil millones de pesos así como la pérdida de 70 mil empleos y la retirada de inversionistas importantes por la incertidumbre en nuestro país tienen como causa directa la cancelación del aeropuerto.

La retórica de los populistas es difícil de vencer. Las masas, mejor conocidas como “el pueblo”, se hartó de los abusos de la clase política tradicional. La ansiedad hacía el futuro es creciente y no se vislumbra un cambio en las expectativas económicas de la población. En este enfrentamiento entre la democracia liberal y el populismo, la única manera de vencer la retórica antiintelectual es que los expertos aprendan a traducir sus propuestas y políticas al lenguaje de la gente. En caso de no hacerlo, difícilmente se hará entender “al pueblo” que, para problemas complejos, no existen soluciones fáciles.

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